Entregar más de tres décadas a una misma empresa en San Andrés suele venderse como la máxima prueba de estabilidad, cuando en realidad opera como un pacto de subordinación. En el archipiélago, el potencial raras veces premia el mérito o abre caminos hacia la independencia. Se paga, en cambio, con una deuda moral que obliga al isleño a vivir agradecido por las mismas estructuras que le impiden prosperar.







¿Para qué sirve una feria internacional del libro en un lugar que tiene un acueducto a cuentagotas, que se inunda con una llovizna, que tiene un hospital enfermo, una ambulancia que se encuneta y comportamientos violentos que no se les cuentan a los turistas?













