A lo largo de la vida, los libros nos rescatan, sacan del atolladero o postergan decisiones fatales. En la infancia, los relatos llegan para conciliar con los monstruos o fantasmas; en la adolescencia, para acompañar los afectos; en la adultez, cuando el mundo se vuelve un ocho.








¿Por qué un joven en la isla no se asusta por perder el trabajo? ¿O la vida? ¿Por qué parece no temerle al futuro? ¿Por qué colectivamente no nos alarman los huracanes, si cada temporada nos recuerdan que siguen ahí? ¿Por qué un corrupto no se inquieta por ser atrapado o señalado?













